Hace ya más de 50 años que terminó el Concilio Vaticano II, que incluyó en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, todo un capítulo sobre La Virgen María en el Misterio de Cristo y de la Iglesia. Una extensa síntesis de la doctrina católica sobre el lugar que la Santísima Virgen debe ocupar en el misterio de Cristo y de la Iglesia.

 

Este documento conciliar fue «como un fermento, que transformó la masa de la doctrina mariológica y la estructura de la mariología; una fuerza interna renovadora del culto y de la piedad mariana, y un criterio a la vez de discernimiento, capaz de imprimir un nuevo giro y dar una orientación a las cuestiones mariológicas»[1]. El Concilio Vaticano II tuvo el acierto de armonizar e integrar las diversas corrientes de acercamiento y estudio de la Virgen María en una propuesta mariológica sencilla, arraigada en el dato bíblico y expresiva a lo largo de la extensa Tradición de la Iglesia.

 

Ahora bien, la historia del dogma y de la teología atestiguan la fe y la atención incesante de la Iglesia con la Virgen María y su misión en la historia de la salvación. Esta atención se hace ya clara en algunos escritos del Nuevo Testamento y en no pocas páginas de los autores de los primeros tiempos del Cristianismo. Los primeros símbolos de la fe y sucesivamente las fórmulas dogmáticas de los Concilios de Constantinopla (a. 381), de Éfeso (a. 431) y de Calcedonia (a. 451) atestiguan la progresiva reflexión sobre el misterio de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y paralelamente el progresivo descubrimiento del papel de María en el misterio de la Encarnación: un descubrimiento que llevó a la definición dogmática de la maternidad divina y virginal de María.

 

La atención de la Iglesia hacia María de Nazaret se continúa durante todos los siglos con muchas declaraciones: Por su valor doctrinal no puede olvidarse la Bula dogmática Ineffabilis Deus (8 diciembre 1854) de Pío IX, la Constitución apostólica Munificentissimus Deus (1 noviembre 1950) de Pío XII y la Constitución dogmática Lumen gentium (21 noviembre 1964), cuyo capítulo VIII constituye la síntesis más amplia y autorizada de la doctrina católica sobre la Madre del Señor, hecha jamás por un Concilio Ecuménico. Se deben recordar también, por su significado teológico y pastoral, otros documentos como la Professio fidei (30 junio 1968) y las Exhortaciones apostólicas Signum magnum (13 mayo 1967) y Marialis cultus (2 febrero 1974) de Pablo VI, así como la Encíclica Redemptoris Mater (25 marzo 1987) de Juan Pablo II. Como también las intervenciones reiteradas de Benedicto XVI y el Papa Francisco que han enriquecido el Magisterio en referencia a la Virgen María y su papel en la historia de salvación.

 

Sobre este largo camino de la Iglesia, se quiere presentar este curso de introducción a la Mariología. La historia de la teología demuestra que el conocimiento del misterio de la Virgen contribuye a un conocimiento más profundo del misterio de Cristo, de la Iglesia y de la vocación del hombre. Por otra parte, el vínculo estrecho de la Santísima Virgen con Cristo, con la Iglesia y con la humanidad hace también que la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre ilumine la verdad que se refiere a María de Nazaret.[2]

 

[1] Enrique Llamas, Algunas Corrientes Actuales en la Mariología, Revista Espiritualidad (55), 1996, pp. 9-10.

[2] Cfr. Congregación para la Educación Católica, La Virgen María en la Formación Intelectual y Espiritual, marzo 25 de 1988.

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MARÍA: MADRE Y DISCÍPULA. MODELO DEL CRISTIANO

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  • Roger Vargas Choles |

 

Hace ya más de 50 años que terminó el Concilio Vaticano II, que incluyó en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, todo un capítulo sobre La Virgen María en el Misterio de Cristo y de la Iglesia. Una extensa síntesis de la doctrina católica sobre el lugar que la Santísima Virgen debe ocupar en el misterio de Cristo y de la Iglesia.

 

Este documento conciliar fue «como un fermento, que transformó la masa de la doctrina mariológica y la estructura de la mariología; una fuerza interna renovadora del culto y de la piedad mariana, y un criterio a la vez de discernimiento, capaz de imprimir un nuevo giro y dar una orientación a las cuestiones mariológicas»[1]. El Concilio Vaticano II tuvo el acierto de armonizar e integrar las diversas corrientes de acercamiento y estudio de la Virgen María en una propuesta mariológica sencilla, arraigada en el dato bíblico y expresiva a lo largo de la extensa Tradición de la Iglesia.

 

Ahora bien, la historia del dogma y de la teología atestiguan la fe y la atención incesante de la Iglesia con la Virgen María y su misión en la historia de la salvación. Esta atención se hace ya clara en algunos escritos del Nuevo Testamento y en no pocas páginas de los autores de los primeros tiempos del Cristianismo. Los primeros símbolos de la fe y sucesivamente las fórmulas dogmáticas de los Concilios de Constantinopla (a. 381), de Éfeso (a. 431) y de Calcedonia (a. 451) atestiguan la progresiva reflexión sobre el misterio de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y paralelamente el progresivo descubrimiento del papel de María en el misterio de la Encarnación: un descubrimiento que llevó a la definición dogmática de la maternidad divina y virginal de María.

 

La atención de la Iglesia hacia María de Nazaret se continúa durante todos los siglos con muchas declaraciones: Por su valor doctrinal no puede olvidarse la Bula dogmática Ineffabilis Deus (8 diciembre 1854) de Pío IX, la Constitución apostólica Munificentissimus Deus (1 noviembre 1950) de Pío XII y la Constitución dogmática Lumen gentium (21 noviembre 1964), cuyo capítulo VIII constituye la síntesis más amplia y autorizada de la doctrina católica sobre la Madre del Señor, hecha jamás por un Concilio Ecuménico. Se deben recordar también, por su significado teológico y pastoral, otros documentos como la Professio fidei (30 junio 1968) y las Exhortaciones apostólicas Signum magnum (13 mayo 1967) y Marialis cultus (2 febrero 1974) de Pablo VI, así como la Encíclica Redemptoris Mater (25 marzo 1987) de Juan Pablo II. Como también las intervenciones reiteradas de Benedicto XVI y el Papa Francisco que han enriquecido el Magisterio en referencia a la Virgen María y su papel en la historia de salvación.

 

Sobre este largo camino de la Iglesia, se quiere presentar este curso de introducción a la Mariología. La historia de la teología demuestra que el conocimiento del misterio de la Virgen contribuye a un conocimiento más profundo del misterio de Cristo, de la Iglesia y de la vocación del hombre. Por otra parte, el vínculo estrecho de la Santísima Virgen con Cristo, con la Iglesia y con la humanidad hace también que la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre ilumine la verdad que se refiere a María de Nazaret.[2]

 

[1] Enrique Llamas, Algunas Corrientes Actuales en la Mariología, Revista Espiritualidad (55), 1996, pp. 9-10.

[2] Cfr. Congregación para la Educación Católica, La Virgen María en la Formación Intelectual y Espiritual, marzo 25 de 1988.

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2. OBJETIVO Y JUSTIFICACIÓN

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5. METODOLOGÍA

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Roger Vargas Choles

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