La Eucaristía, en palabras de Benedicto XVI, es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. En este admirable Sacramento se manifiesta el amor «más grande», aquel que impulsa a «dar la vida por los propios amigos» (cf. Jn 15,13). En efecto, Jesús «los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Con esta expresión, el evangelista presenta el gesto de infinita humildad de Jesús: antes de morir por nosotros en la cruz, ciñéndose una toalla, lava los pies a sus discípulos. Del mismo modo, en el Sacramento eucarístico Jesús sigue amándonos «hasta el extremo», hasta el don de su cuerpo y de su sangre. ¡Qué emoción debió embargar el corazón de los Apóstoles ante los gestos y palabras del Señor durante aquella Cena! ¡Qué admiración ha de suscitar también en nuestro corazón el Misterio eucarístico![1]

 

Cristo instituye la Eucaristía en el contexto de una cena ritual donde se conmemoraba la liberación de la esclavitud de Egipto, que anunciaba también una liberación futura de la esclavitud y el pecado, «una salvación más profunda, radical, universal y definitiva»[2]. La institución de la Eucaristía muestra cómo la muerte del Señor, de por sí violenta y absurda, «se ha transformado en Jesús en un supremo acto de amor y de liberación definitiva del mal para la humanidad»[3].

 

Las palabras de Jesús, «Haced esto en conmemoración mía», no pueden entenderse en el sentido de una mera repetición. El Papa Benedicto XVI bien afirmaba: «El memorial de total entrega no consiste en la simple repetición de la última Cena, sino propiamente en la Eucaristía, es decir, en la novedad radical del culto cristiano» (n. 11). ¿Por qué novedad radical? Porque Jesús nos encomienda participar de su entrega, cosa que no sucedía en ningún culto anterior al culto cristiano; porque «la Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús», «nos implicamos en la dinámica de su entrega».

 

La Eucaristía es constitutiva del ser y actuar de la Iglesia, que es esencialmente comunión. Y esa comunión se expresa a su vez mediante los sacramen- tos. Si por medio de la Eucaristía «los hombres son invitados y llevados a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas junto con Cristo» (PO 5), mediante los sacramentos «la gracia de Dios influye concretamente en los fieles para que toda su vida, redimida por Cristo, se convierta en culto agradable a Dios». Se realiza así la dimensión ascendente y descendente de la liturgia cristiana: llevar todas las cosas a Dios, llevar la vida divina a todas las cosas.

 

[1]BENEDICTO XVI, Exhortación Sacramentum Caritatis, sobre la Eucaristía como fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia (22-II-2007), Nº 1.

[2]Ibídem,Nº 10.

[3]Ibídem.

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LA EUCARISTÍA: EL MISTERIO DE NUESTRA FE

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  • Jaider P. Lázaro Avendaño |

La Eucaristía, en palabras de Benedicto XVI, es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. En este admirable Sacramento se manifiesta el amor «más grande», aquel que impulsa a «dar la vida por los propios amigos» (cf. Jn 15,13). En efecto, Jesús «los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Con esta expresión, el evangelista presenta el gesto de infinita humildad de Jesús: antes de morir por nosotros en la cruz, ciñéndose una toalla, lava los pies a sus discípulos. Del mismo modo, en el Sacramento eucarístico Jesús sigue amándonos «hasta el extremo», hasta el don de su cuerpo y de su sangre. ¡Qué emoción debió embargar el corazón de los Apóstoles ante los gestos y palabras del Señor durante aquella Cena! ¡Qué admiración ha de suscitar también en nuestro corazón el Misterio eucarístico![1]

 

Cristo instituye la Eucaristía en el contexto de una cena ritual donde se conmemoraba la liberación de la esclavitud de Egipto, que anunciaba también una liberación futura de la esclavitud y el pecado, «una salvación más profunda, radical, universal y definitiva»[2]. La institución de la Eucaristía muestra cómo la muerte del Señor, de por sí violenta y absurda, «se ha transformado en Jesús en un supremo acto de amor y de liberación definitiva del mal para la humanidad»[3].

 

Las palabras de Jesús, «Haced esto en conmemoración mía», no pueden entenderse en el sentido de una mera repetición. El Papa Benedicto XVI bien afirmaba: «El memorial de total entrega no consiste en la simple repetición de la última Cena, sino propiamente en la Eucaristía, es decir, en la novedad radical del culto cristiano» (n. 11). ¿Por qué novedad radical? Porque Jesús nos encomienda participar de su entrega, cosa que no sucedía en ningún culto anterior al culto cristiano; porque «la Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús», «nos implicamos en la dinámica de su entrega».

 

La Eucaristía es constitutiva del ser y actuar de la Iglesia, que es esencialmente comunión. Y esa comunión se expresa a su vez mediante los sacramen- tos. Si por medio de la Eucaristía «los hombres son invitados y llevados a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas junto con Cristo» (PO 5), mediante los sacramentos «la gracia de Dios influye concretamente en los fieles para que toda su vida, redimida por Cristo, se convierta en culto agradable a Dios». Se realiza así la dimensión ascendente y descendente de la liturgia cristiana: llevar todas las cosas a Dios, llevar la vida divina a todas las cosas.

 

[1]BENEDICTO XVI, Exhortación Sacramentum Caritatis, sobre la Eucaristía como fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia (22-II-2007), Nº 1.

[2]Ibídem,Nº 10.

[3]Ibídem.

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