Fácilmente se puede constatar que el libro del Apocalipsis es el único en su género en todo el Nuevo Testamento. Los Evangelios y los Hechos, pertenecen a un ámbito de la narrativa que se podría llamar realística; el Apocalipsis tiene una narrativa especial y diferente: narra visiones extraordinarias y audiciones referentes a cosas nunca antes vistas ni oídas. Si el Apocalipsis no tiene parangón en el NT, si lo tiene en el mundo antiguo. Textos parecidos se han conservado en el AT, en la literatura judía y una buena parte de la literatura apócrifa del primer siglo del cristianismo.[1]

 

Por otra parte, cuando se acerca el lector al Apocalipsis puede quedar con una «impresión desconcertante», en palabras de Ugo Vanni[2]: su lectura ejerce una especie de atracción misteriosa y provoca una sintonía casi que inmediata con el lector. Éste se ve envuelto en su ritmo estilístico, participa de la experiencia religiosa que celebra la narración y le lleva a recorrer el camino de la actualización. Ahora bien, el Apocalipsis puede producir un «sentimiento de vértigo»[3] porque el lector se enfrenta a imágenes atrevidas y, muchas veces, complicadas hasta lo inverosímil. Se logra vislumbrar un lenguaje simbólico, pero sin que resulte fácil su comprensión. El lector hoy del Apocalipsis se encuentra ante una obra majestuosa e imprevisible.

 

Bajo estas breves constataciones, el estudio del libro de Apocalipsis se enmarca en un camino nada fácil de búsqueda de una lectura exegética y teológica en medio de la fascinación y la sorpresa que la narración provoca en el lector. Tres etapas marcarán el camino del estudio del Apocalipsis: una primera etapa, a manera de introducción, ayudará a establecer la sintonía entre apocalíptica y nuestro Apocalipsis, tratando de presentar los rasgos generales de la obra y su relación con la literatura precedente. La segunda etapa, nos llevará a intentar encontrar la hermenéutica presente en el texto que permita entender la riqueza simbólica del mismo. Por último, en la tercera etapa, asumiendo como título «Yo hago todas las cosas nuevas» (Jn 21,5), se procurará entender el mensaje teológico del Apocalipsis como luz actual para la vida cristiana.

 

[1] Cfr. Adela Yarbro Collins, «Apocalipsis», en R.E. Brown, J.A. Fitzmyer & R.E. Murphy, Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo (NCBSJ), Editorial Verbo Divino, Estella (Navarra) 2004, p. 604.

[2] Ugo Vanni, Apocalipsis. Una Asamblea Litúrgica interpreta la Historia, Editorial Verbo Divino, Navarra 1998, p. 9.

[3] Ibídem.

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EL APOCALIPSIS: UN CANTO A LA ESPERANZA CRISTIANA

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Fácilmente se puede constatar que el libro del Apocalipsis es el único en su género en todo el Nuevo Testamento. Los Evangelios y los Hechos, pertenecen a un ámbito de la narrativa que se podría llamar realística; el Apocalipsis tiene una narrativa especial y diferente: narra visiones extraordinarias y audiciones referentes a cosas nunca antes vistas ni oídas. Si el Apocalipsis no tiene parangón en el NT, si lo tiene en el mundo antiguo. Textos parecidos se han conservado en el AT, en la literatura judía y una buena parte de la literatura apócrifa del primer siglo del cristianismo.[1]

 

Por otra parte, cuando se acerca el lector al Apocalipsis puede quedar con una «impresión desconcertante», en palabras de Ugo Vanni[2]: su lectura ejerce una especie de atracción misteriosa y provoca una sintonía casi que inmediata con el lector. Éste se ve envuelto en su ritmo estilístico, participa de la experiencia religiosa que celebra la narración y le lleva a recorrer el camino de la actualización. Ahora bien, el Apocalipsis puede producir un «sentimiento de vértigo»[3] porque el lector se enfrenta a imágenes atrevidas y, muchas veces, complicadas hasta lo inverosímil. Se logra vislumbrar un lenguaje simbólico, pero sin que resulte fácil su comprensión. El lector hoy del Apocalipsis se encuentra ante una obra majestuosa e imprevisible.

 

Bajo estas breves constataciones, el estudio del libro de Apocalipsis se enmarca en un camino nada fácil de búsqueda de una lectura exegética y teológica en medio de la fascinación y la sorpresa que la narración provoca en el lector. Tres etapas marcarán el camino del estudio del Apocalipsis: una primera etapa, a manera de introducción, ayudará a establecer la sintonía entre apocalíptica y nuestro Apocalipsis, tratando de presentar los rasgos generales de la obra y su relación con la literatura precedente. La segunda etapa, nos llevará a intentar encontrar la hermenéutica presente en el texto que permita entender la riqueza simbólica del mismo. Por último, en la tercera etapa, asumiendo como título «Yo hago todas las cosas nuevas» (Jn 21,5), se procurará entender el mensaje teológico del Apocalipsis como luz actual para la vida cristiana.

 

[1] Cfr. Adela Yarbro Collins, «Apocalipsis», en R.E. Brown, J.A. Fitzmyer & R.E. Murphy, Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo (NCBSJ), Editorial Verbo Divino, Estella (Navarra) 2004, p. 604.

[2] Ugo Vanni, Apocalipsis. Una Asamblea Litúrgica interpreta la Historia, Editorial Verbo Divino, Navarra 1998, p. 9.

[3] Ibídem.

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