El Catecismo de la Iglesia dedica su cuarta parte a la oración cristiana. Allí se nos insiste que «el drama de la oración se nos revela plenamente en el Verbo que se ha hecho carne y que habita entre nosotros»[1]. Intentar comprender la oración de Jesús, es aproximarnos como a la zarza ardiendo: primero contemplándo a Cristo mismo en oración y después escuchando cómo nos enseña a orar, para conocer finalmente cómo acoge nuestra plegaria.

 

Cristo también aprendió a orar conforme a su corazón de hombre. Él aprende de su madre las fórmulas de oración; de ella, que conservaba todas las “maravillas” del Todopoderoso y las meditaba en su corazón (cf Lc 1, 49; 2, 19; 2, 51). Lo aprende en las palabras y en los ritmos de la oración de su pueblo, en la sinagoga de Nazaret y en el Templo. Pero su oración brota de una fuente secreta distinta, como lo deja presentir a la edad de los doce años: «Yo debía estar en las cosas de mi Padre» (Lc 2, 49). Aquí comienza a revelarse la novedad de la oración en la plenitud de los tiempos: la oración filial, que el Padre esperaba de sus hijos va a ser vivida por fin por el propio Hijo único en su Humanidad, con los hombres y en favor de ellos.[2]

 

Jesús ora antes de los momentos decisivos de su misión: antes de que el Padre dé testimonio de Él en su Bautismo (cf Lc 3, 21) y de su Transfiguración (cf Lc 9, 28), y antes de dar cumplimiento con su Pasión al designio de amor del Padre (cf Lc 22, 41-44);Jesús ora también ante los momentos decisivos que van a comprometer la misión de sus apóstoles: antes de elegir y de llamar a los Doce (cf Lc 6, 12), antes de que Pedro lo confiese como “el Cristo de Dios” (Lc 9, 18-20) y para que la fe del príncipe de los apóstoles no desfallezca ante la tentación (cf Lc 22, 32). La oración de Jesús ante los acontecimientos de salvación que el Padre le pide es una entrega, humilde y confiada, de su voluntad humana a la voluntad amorosa del Padre.[3]

 

En respuesta a esta petición, el Señor confía a sus discípulos y a su Iglesia la oración cristiana fundamental, el Padre Nuestro: «Estando Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: “Maestro, enséñanos a orar”» (Lc 11, 1). San Lucas da de ella un texto breve (con cinco peticiones [Lc 11, 2-4]), San Mateo una versión más desarrollada (con siete peticiones [Mt 6, 9-13]). ¿No es acaso, al contemplar a su Maestro en oración, cuando el discípulo de Cristo desea orar? Entonces, puede aprender del Maestro de oración. Contemplando y escuchando al Hijo, los hijos aprenden a orar al Padre.

 

Este curso, siguiendo las inspiraciones del Catecismo de la Iglesia, busca acercarnos a las entrañas de la oración del Señor, el Padre Nuestro; que como bien decía San Agustín: «Recorred todas las oraciones que hay en las Escrituras, y no creo que podáis encontrar algo que no esté incluido en la oración dominical»[4]. El Padre Nuestro, «la oración del Señor o dominical, es en verdad el resumen de todo el Evangelio»[5], en palabras de Tertuliano.

 

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, La Oración Cristiana, Nº 2598.

[2] Ibídem, Nº 2599.

[3] Ibídem, Nº 2600.

[4] Ibídem, Nº 2761.

[5] Ibídem, Nº 2762.

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EL PADRE NUESTRO: LA ORACIÓN DEL SEÑOR

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El Catecismo de la Iglesia dedica su cuarta parte a la oración cristiana. Allí se nos insiste que «el drama de la oración se nos revela plenamente en el Verbo que se ha hecho carne y que habita entre nosotros»[1]. Intentar comprender la oración de Jesús, es aproximarnos como a la zarza ardiendo: primero contemplándo a Cristo mismo en oración y después escuchando cómo nos enseña a orar, para conocer finalmente cómo acoge nuestra plegaria.

 

Cristo también aprendió a orar conforme a su corazón de hombre. Él aprende de su madre las fórmulas de oración; de ella, que conservaba todas las “maravillas” del Todopoderoso y las meditaba en su corazón (cf Lc 1, 49; 2, 19; 2, 51). Lo aprende en las palabras y en los ritmos de la oración de su pueblo, en la sinagoga de Nazaret y en el Templo. Pero su oración brota de una fuente secreta distinta, como lo deja presentir a la edad de los doce años: «Yo debía estar en las cosas de mi Padre» (Lc 2, 49). Aquí comienza a revelarse la novedad de la oración en la plenitud de los tiempos: la oración filial, que el Padre esperaba de sus hijos va a ser vivida por fin por el propio Hijo único en su Humanidad, con los hombres y en favor de ellos.[2]

 

Jesús ora antes de los momentos decisivos de su misión: antes de que el Padre dé testimonio de Él en su Bautismo (cf Lc 3, 21) y de su Transfiguración (cf Lc 9, 28), y antes de dar cumplimiento con su Pasión al designio de amor del Padre (cf Lc 22, 41-44);Jesús ora también ante los momentos decisivos que van a comprometer la misión de sus apóstoles: antes de elegir y de llamar a los Doce (cf Lc 6, 12), antes de que Pedro lo confiese como “el Cristo de Dios” (Lc 9, 18-20) y para que la fe del príncipe de los apóstoles no desfallezca ante la tentación (cf Lc 22, 32). La oración de Jesús ante los acontecimientos de salvación que el Padre le pide es una entrega, humilde y confiada, de su voluntad humana a la voluntad amorosa del Padre.[3]

 

En respuesta a esta petición, el Señor confía a sus discípulos y a su Iglesia la oración cristiana fundamental, el Padre Nuestro: «Estando Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: “Maestro, enséñanos a orar”» (Lc 11, 1). San Lucas da de ella un texto breve (con cinco peticiones [Lc 11, 2-4]), San Mateo una versión más desarrollada (con siete peticiones [Mt 6, 9-13]). ¿No es acaso, al contemplar a su Maestro en oración, cuando el discípulo de Cristo desea orar? Entonces, puede aprender del Maestro de oración. Contemplando y escuchando al Hijo, los hijos aprenden a orar al Padre.

 

Este curso, siguiendo las inspiraciones del Catecismo de la Iglesia, busca acercarnos a las entrañas de la oración del Señor, el Padre Nuestro; que como bien decía San Agustín: «Recorred todas las oraciones que hay en las Escrituras, y no creo que podáis encontrar algo que no esté incluido en la oración dominical»[4]. El Padre Nuestro, «la oración del Señor o dominical, es en verdad el resumen de todo el Evangelio»[5], en palabras de Tertuliano.

 

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, La Oración Cristiana, Nº 2598.

[2] Ibídem, Nº 2599.

[3] Ibídem, Nº 2600.

[4] Ibídem, Nº 2761.

[5] Ibídem, Nº 2762.

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