El Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado el 11 de octubre de 1992 por San Juan Pablo II, se abre con la Constitución Apostólica Fidei Depositum [“El Depósito de la Fe]. En las primeras palabras de esta ya se explicita la razón de ser del Catecismo:

“La misión que el Señor le confió a la Iglesia y que ella quiere realizar en todo tiempo es la de conservar el depósito de la fe”.

 

Cristo le encomendó a la Iglesia la fe, y le pidió que la guardase virginalmente, pero por otra parte que no la enterrase, sino que la difundiese. El Concilio Ecuménico Vaticano II, inaugurado hace 40 años por San Juan XXIII, tenía como propósito y deseo hacer patente la misión apostólica y pastoral de la Iglesia, y conducir a todos los hombres, mediante el resplandor de la verdad del Evangelio, a la búsqueda y acogida del amor de Cristo que está sobre toda cosa (cf. Ef 3,19). A esta asamblea el Papa Juan XXIII le fijó como principal tarea la de custodiar y explicar mejor el depósito precioso de la doctrina cristiana, con el fin de hacerlo más accesible a los fieles de Cristo y a todos los hombres de buena voluntad.

 

Para ello, el Concilio no debía comenzar por condenar los errores de la época, sino, ante todo, debía dedicarse a mostrar serenamente la fuerza y la belleza de la doctrina de la fe:

«Confiamos que la Iglesia —decía él—, iluminada por la luz de este Concilio, crecerá en riquezas espirituales, cobrará nuevas fuerzas y mirará sin miedo hacia el futuro [...]; debemos dedicarnos con alegría, sin temor, al trabajo que exige nuestra época, prosiguiendo el camino que la Iglesia ha recorrido desde hace casi veinte siglos»[1]

 

Con la ayuda de Dios, los Padres Conciliares pudieron elaborar, a lo largo de cuatro años de trabajo, un conjunto considerable de exposiciones doctrinales y directrices pastorales ofrecidas a toda la Iglesia. Pastores y fieles encuentran en ellas orientaciones para la «renovación de pensamiento, de actividad, de costumbres, de fuerza moral, de renovación de alegría y de la esperanza, que ha sido el objetivo del Concilio»[2]. Desde su clausura, el Concilio no ha cesado de inspirar la vida eclesial. En 1985, San Juan Pablo IIdecía:

«Para mí —que tuve la gracia especial de participar en él y colaborar activamente en su desarrollo—, el Vaticano II ha sido siempre, y es de una manera particular en estos años de mi pontificado, el punto constante de referencia de toda mi acción pastoral, en un esfuerzo consciente por traducir sus directrices en aplicaciones concretas y fieles, en el seno de cada Iglesia particular y de toda la Iglesia Católica. Es preciso volver sin cesar a esa fuente»[3]

 

En este espíritu, el 25 de enero de 1985 se convocó una asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos, con ocasión del vigésimo aniversario de la clausura del Concilio. El fin de esta asamblea era dar gracias y celebrar los frutos espirituales del Concilio Vaticano II, profundizando en sus enseñanzas para una más perfecta adhesión a ellas y promoviendo el conocimiento y aplicación de las mismas por parte de todos los fieles cristianos. En la celebración de esta asamblea, los padres del Sínodo expresaron el deseo de que fuese redactado un Catecismo o compendio de toda la doctrina católica, tanto sobre la fe como sobre la moral, que sería como el punto de referencia para los catecismos o compendios que se redacten en los diversos países. La presentación de la doctrina debería ser bíblica y litúrgica, exponiendo una doctrina segura y, al mismo tiempo, adaptada a la vida actual de los cristianos.

 

Tras la renovación de la Liturgia y el nuevo Código de Derecho Canónico de la Iglesia latina y de los Cánones de las Iglesias Orientales Católicas, este Catecismo es una contribución importantísima a la obra de renovación de la vida eclesial, promovida y llevada a la práctica por el Concilio Vaticano II.

 

La intención de este curso, no es otro que conducir a los fieles al estudio de la PRIMERA SECCIÓN del Catecismo de la Iglesia: «CREO-CREEMOS» [Nº 26-184], que desarrolla los temas de la fe y la revelación, tan necesarios para entender los aspectos esenciales de la fe que profesamos. La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida. Por ello consideramos primeramente esta búsqueda del hombre (capítulo primero), a continuación la Revelación divina, por la cual Dios viene al encuentro del hombre (capítulo segundo), y finalmente la respuesta de la fe (capítulo tercero).

 

[1]Juan XXIII, Discurso de apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, 11 de octubre de 1962: AAS 54 (1962), pp. 788-791.

[2]Pablo VI, Discurso de clausura del Concilio Ecuménico Vaticano II, 8 de diciembre de 1965: AAS 58 (1966), pp. 7-8.

[3]Juan Pablo II, Homilía del 25 de enero de 1985, cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de febrero de 1985, p. 12.

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EL DESAFÍO DE LA FE: UN SOLO SEÑOR, UN SOLO BAUTISMO

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El Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado el 11 de octubre de 1992 por San Juan Pablo II, se abre con la Constitución Apostólica Fidei Depositum [“El Depósito de la Fe]. En las primeras palabras de esta ya se explicita la razón de ser del Catecismo:

“La misión que el Señor le confió a la Iglesia y que ella quiere realizar en todo tiempo es la de conservar el depósito de la fe”.

 

Cristo le encomendó a la Iglesia la fe, y le pidió que la guardase virginalmente, pero por otra parte que no la enterrase, sino que la difundiese. El Concilio Ecuménico Vaticano II, inaugurado hace 40 años por San Juan XXIII, tenía como propósito y deseo hacer patente la misión apostólica y pastoral de la Iglesia, y conducir a todos los hombres, mediante el resplandor de la verdad del Evangelio, a la búsqueda y acogida del amor de Cristo que está sobre toda cosa (cf. Ef 3,19). A esta asamblea el Papa Juan XXIII le fijó como principal tarea la de custodiar y explicar mejor el depósito precioso de la doctrina cristiana, con el fin de hacerlo más accesible a los fieles de Cristo y a todos los hombres de buena voluntad.

 

Para ello, el Concilio no debía comenzar por condenar los errores de la época, sino, ante todo, debía dedicarse a mostrar serenamente la fuerza y la belleza de la doctrina de la fe:

«Confiamos que la Iglesia —decía él—, iluminada por la luz de este Concilio, crecerá en riquezas espirituales, cobrará nuevas fuerzas y mirará sin miedo hacia el futuro [...]; debemos dedicarnos con alegría, sin temor, al trabajo que exige nuestra época, prosiguiendo el camino que la Iglesia ha recorrido desde hace casi veinte siglos»[1]

 

Con la ayuda de Dios, los Padres Conciliares pudieron elaborar, a lo largo de cuatro años de trabajo, un conjunto considerable de exposiciones doctrinales y directrices pastorales ofrecidas a toda la Iglesia. Pastores y fieles encuentran en ellas orientaciones para la «renovación de pensamiento, de actividad, de costumbres, de fuerza moral, de renovación de alegría y de la esperanza, que ha sido el objetivo del Concilio»[2]. Desde su clausura, el Concilio no ha cesado de inspirar la vida eclesial. En 1985, San Juan Pablo IIdecía:

«Para mí —que tuve la gracia especial de participar en él y colaborar activamente en su desarrollo—, el Vaticano II ha sido siempre, y es de una manera particular en estos años de mi pontificado, el punto constante de referencia de toda mi acción pastoral, en un esfuerzo consciente por traducir sus directrices en aplicaciones concretas y fieles, en el seno de cada Iglesia particular y de toda la Iglesia Católica. Es preciso volver sin cesar a esa fuente»[3]

 

En este espíritu, el 25 de enero de 1985 se convocó una asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos, con ocasión del vigésimo aniversario de la clausura del Concilio. El fin de esta asamblea era dar gracias y celebrar los frutos espirituales del Concilio Vaticano II, profundizando en sus enseñanzas para una más perfecta adhesión a ellas y promoviendo el conocimiento y aplicación de las mismas por parte de todos los fieles cristianos. En la celebración de esta asamblea, los padres del Sínodo expresaron el deseo de que fuese redactado un Catecismo o compendio de toda la doctrina católica, tanto sobre la fe como sobre la moral, que sería como el punto de referencia para los catecismos o compendios que se redacten en los diversos países. La presentación de la doctrina debería ser bíblica y litúrgica, exponiendo una doctrina segura y, al mismo tiempo, adaptada a la vida actual de los cristianos.

 

Tras la renovación de la Liturgia y el nuevo Código de Derecho Canónico de la Iglesia latina y de los Cánones de las Iglesias Orientales Católicas, este Catecismo es una contribución importantísima a la obra de renovación de la vida eclesial, promovida y llevada a la práctica por el Concilio Vaticano II.

 

La intención de este curso, no es otro que conducir a los fieles al estudio de la PRIMERA SECCIÓN del Catecismo de la Iglesia: «CREO-CREEMOS» [Nº 26-184], que desarrolla los temas de la fe y la revelación, tan necesarios para entender los aspectos esenciales de la fe que profesamos. La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida. Por ello consideramos primeramente esta búsqueda del hombre (capítulo primero), a continuación la Revelación divina, por la cual Dios viene al encuentro del hombre (capítulo segundo), y finalmente la respuesta de la fe (capítulo tercero).

 

[1]Juan XXIII, Discurso de apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, 11 de octubre de 1962: AAS 54 (1962), pp. 788-791.

[2]Pablo VI, Discurso de clausura del Concilio Ecuménico Vaticano II, 8 de diciembre de 1965: AAS 58 (1966), pp. 7-8.

[3]Juan Pablo II, Homilía del 25 de enero de 1985, cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de febrero de 1985, p. 12.

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