La Constitución conciliar Sacrosanctum Conciliumdefine la sagrada liturgia como «el ejercicio de la función (munus) sacerdotal de Jesucristo», en el que «la santificación del hombre se expresa mediante signos sensibles y se realiza de un modo propio en cada uno de ellos» (núm. 7). El hecho de que la celebración sacramental «está entretejida de signos y símbolos»[1], manifiesta «la pedagogía divina de la salvación»[2], ya enunciada de modo elocuente por el Concilio de Trento. Reconociendo que «la naturaleza humana es tal, que no fácilmente se aviene a la meditación de las cosas divinas, sin recursos externos», la Iglesia «utiliza velas, incienso, vestidos y muchos otros elementos transmitidos por la enseñanza y la tradición apostólica, con los que se destaca la majestuosidad de un Sacrificio tan grande [la Santa Misa]; y las mentes de los fieles son llevadas de estos signos visibles de la religión y la piedad, a la contemplación de las cosas altas, que están ocultas en este Sacrificio»[3].

 

En esta realidad que expresa una exigencia antropológica: «Como ser social, el hombre necesita signos y símbolos para comunicarse con los demás, mediante el lenguaje, gestos y acciones. Lo mismo sucede en su relación con Dios»[4], los símbolos y signos en la celebración litúrgica pertenecen a aquellos aspectos materiales que no se pueden desatender. El hombre, criatura compuesta de cuerpo y alma, necesita usar también las cosas materiales en la adoración de Dios, porque requiere alcanzar las realidades espirituales a través de signos visibles. La expresión interna del alma, si es auténtica, busca al mismo tiempo una manifestación externa del cuerpo; y a la vez, la vida interior está sostenida por los actos externos, los actos litúrgicos.

 

La liturgia es de por sí una celebración en que prevalece el lenguaje de los símbolos. Un lenguaje más intuitivo y afectivo, más poético y gratuito. No es sólo concepto, ni tiene como objetivo sólo dar a conocer. La liturgia es una acción, un conjunto de signos "performativos" que nos introducen en comunión con el misterio, que nos hacen experimentarlo, más que entenderlo. Es una celebración y no una doctrina o una catequesis. El lenguaje simbólico es el que nos permite entrar en contacto con lo inaccesible: el misterio de la acción de Dios y de la presencia de Cristo.

 

Bien dice Aldazabal que «el mundo de la liturgia pertenece, no a las realidades que terminan en “—logia” (teología, por ejemplo), sino en “—urgía”? (dramaturgia, liturgia): es una acción, una comunicación total, hecha de palabras, pero también de gestos, movimientos, símbolos, acción»[5]. Para los cristianos el motivo fundamental de estos signos es el teológico: el mejor modelo de actuación simbólica lo tenemos en el mismo Cristo Jesús. En su misma Persona Él es el lenguaje más expresivo de Dios, que nos quiere mostrar su Alianza, su cercanía o su perdón. Y también es Cristo el lenguaje mejor de la humanidad en su respuesta a Dios: nuestra alabanza y nuestra fe han quedado plasmadas en Cristo, Cabeza de la nueva humanidad. Por eso se le llama a Cristo “sacramento del encuentro con Dios”.

 

Por eso la liturgia, tanto por la carga humana como por la teología misma de la Encarnación, tiene los signos y los símbolos como una realidad fundamental en su dinámica.

 

[1]Catecismo de la Iglesia Católica, Nº 1145.

[2]Ibídem.

[3]Concilio de Trento, Sesión XXII, 1562, Doctrina de ss. Missae Sacrificio, c. 5, DS 1746.

[4]Catecismo de la Iglesia Católica, Nº 1146.

[5]José Aldazábal, Gestos y Símbolos, Centre de Pastoral Litúrgica de Barcelona (CPL), Barcelona 1989, pp. 10-11

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LOS GESTOS Y SÍMBOLOS DE LA LITURGIA

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  • Jaider P. Lázaro Avendaño |

La Constitución conciliar Sacrosanctum Conciliumdefine la sagrada liturgia como «el ejercicio de la función (munus) sacerdotal de Jesucristo», en el que «la santificación del hombre se expresa mediante signos sensibles y se realiza de un modo propio en cada uno de ellos» (núm. 7). El hecho de que la celebración sacramental «está entretejida de signos y símbolos»[1], manifiesta «la pedagogía divina de la salvación»[2], ya enunciada de modo elocuente por el Concilio de Trento. Reconociendo que «la naturaleza humana es tal, que no fácilmente se aviene a la meditación de las cosas divinas, sin recursos externos», la Iglesia «utiliza velas, incienso, vestidos y muchos otros elementos transmitidos por la enseñanza y la tradición apostólica, con los que se destaca la majestuosidad de un Sacrificio tan grande [la Santa Misa]; y las mentes de los fieles son llevadas de estos signos visibles de la religión y la piedad, a la contemplación de las cosas altas, que están ocultas en este Sacrificio»[3].

 

En esta realidad que expresa una exigencia antropológica: «Como ser social, el hombre necesita signos y símbolos para comunicarse con los demás, mediante el lenguaje, gestos y acciones. Lo mismo sucede en su relación con Dios»[4], los símbolos y signos en la celebración litúrgica pertenecen a aquellos aspectos materiales que no se pueden desatender. El hombre, criatura compuesta de cuerpo y alma, necesita usar también las cosas materiales en la adoración de Dios, porque requiere alcanzar las realidades espirituales a través de signos visibles. La expresión interna del alma, si es auténtica, busca al mismo tiempo una manifestación externa del cuerpo; y a la vez, la vida interior está sostenida por los actos externos, los actos litúrgicos.

 

La liturgia es de por sí una celebración en que prevalece el lenguaje de los símbolos. Un lenguaje más intuitivo y afectivo, más poético y gratuito. No es sólo concepto, ni tiene como objetivo sólo dar a conocer. La liturgia es una acción, un conjunto de signos "performativos" que nos introducen en comunión con el misterio, que nos hacen experimentarlo, más que entenderlo. Es una celebración y no una doctrina o una catequesis. El lenguaje simbólico es el que nos permite entrar en contacto con lo inaccesible: el misterio de la acción de Dios y de la presencia de Cristo.

 

Bien dice Aldazabal que «el mundo de la liturgia pertenece, no a las realidades que terminan en “—logia” (teología, por ejemplo), sino en “—urgía”? (dramaturgia, liturgia): es una acción, una comunicación total, hecha de palabras, pero también de gestos, movimientos, símbolos, acción»[5]. Para los cristianos el motivo fundamental de estos signos es el teológico: el mejor modelo de actuación simbólica lo tenemos en el mismo Cristo Jesús. En su misma Persona Él es el lenguaje más expresivo de Dios, que nos quiere mostrar su Alianza, su cercanía o su perdón. Y también es Cristo el lenguaje mejor de la humanidad en su respuesta a Dios: nuestra alabanza y nuestra fe han quedado plasmadas en Cristo, Cabeza de la nueva humanidad. Por eso se le llama a Cristo “sacramento del encuentro con Dios”.

 

Por eso la liturgia, tanto por la carga humana como por la teología misma de la Encarnación, tiene los signos y los símbolos como una realidad fundamental en su dinámica.

 

[1]Catecismo de la Iglesia Católica, Nº 1145.

[2]Ibídem.

[3]Concilio de Trento, Sesión XXII, 1562, Doctrina de ss. Missae Sacrificio, c. 5, DS 1746.

[4]Catecismo de la Iglesia Católica, Nº 1146.

[5]José Aldazábal, Gestos y Símbolos, Centre de Pastoral Litúrgica de Barcelona (CPL), Barcelona 1989, pp. 10-11

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I. OBJETIVOS Y JUSTIFICACIÓN

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IV. METODOLOGÍA E-LEARNING

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